OPINIÓN de Diego Rojas – En la novela Museo de la revolución, el escritor Martín Kohan señala cómo la percepción del tiempo se constituye a partir de los acontecimientos de la historia. Por lo tanto, cierto período podría ser percibido como interminable en algunas circunstancias —como ensaya Kohan, el largo tiempo del estalinismo— y otro período podría mostrarse como velozmente infinitesimal debido a la encadenación de los acontecimientos —el tiempo así era percibido, por ejemplo, durante la revolución de 1917. Alejados de circunstancias históricas tan trascendentes —y hasta localizados en su justo opuesto— tal vez podríamos tratar de percibir el tiempo del Gobierno de Mauricio Macri y señalar, entonces, su puro vértigo. En una semana de gobierno Macri mostró el programa que había evitado exhibir durante toda su campaña y lo hizo de manera muy rápida.

Observación que no quita la constatación de la habilidad política de Macri —habilidad, tretas, lo mismo da. Debe hacerse notar que la nueva administración de Gobierno oscila entre la debilidad y la fortaleza —señálese que gobierna un “no partido” que no tiene una infraestructura o militancia, por un lado, combinada con el manejo de los estados y los presupuestos de nación, provincia de Buenos Aires y la ciudad de Buenos Aires, por el otro. Las acciones del Ejecutivo intentan inclinar la balanza hacia esta última.

Es por eso que en tan pocos días llevó adelante la iniciativa en todos los terrenos. Primero, llamó a dialogar a los ex candidatos a la Presidencia, cita a la que acudieron todos presurosos, salvo la izquierda. Sin embargo, no adelantó allí que digitaría a dos jueces de la Corte designados por comisión, una bajeza, ya que ocultó a los incautos la acción de Estado más discutible que iba a tomar en las siguientes horas. La designación en comisión de los jueces de la Corte —que luego transfirió a febrero— no sólo es una atribución polémica, sino que revela el carácter hiperbonapartista del Gobierno en esta etapa.

Macri también quitó las retenciones a los empresarios agrícolas. Y luego lanzó la devaluación, que implica una nueva etapa en nuestra economía, cuya base es la confiscación salarial en beneficio de la clase empresarial. Un clásico programa de ajuste, según los manuales de cualquier Chicago Boy (No debería dejarse de lado el hecho de que Mauricio Macri recibió a Félix Díaz, representante de la comunidad qom La Primavera, y que trasladó sus reclamos al área del ministerio de Justicia, quitándolos del área de desarrollo social. Tal vez —habrá que ver— sea una actitud demagógica, sin embargo, no es menor señalar que la ex Presidente Cristina Fernández no recibió a los qom durante los largos meses de su acampe para preservar su relación con el caudillo feudal Gildo Insfrán. La recepción de Díaz por parte de Macri señala otra vez su habilidad política).

Todo esto en una semana, en unos pocos días.

En esos pocos días el salario de las amplias masas argentinas se depreció.

Se abre una etapa en la que la movilización de los trabajadores será nodal para esgrimir cuál será su futuro.

Mientras la militancia kirchnerista se reúne en plazas para realizar duelos colectivos por la ley de medios (o reclama la permanencia de 678 en el canal estatal), sus representantes no protestaron frente al Gobierno de los decretos para rechazarlos, no pidieron sesiones extraordinarias del Congreso para hacer valer la tan mentada república, ni llamaron a la movilización social en pos de mantener el nivel de consumo de los salarios —no es casual que Macri le haya entregado el manejo de las obras sociales a los hombres del sindicalismo peronista.

Es una oportunidad, entonces, para que la izquierda vehiculice estos reclamos. Por lo pronto, ya llamó a una movilización el martes 22 para peticionar un doble aguinaldo que compense la pérdida que produjo la devaluación y la inflación.

Una parte de la izquierda —expresada en la política del ex candidato Nicolás Del Caño y su partido— piensa, sin embargo, que la tarea de la hora consiste en congraciarse con el kirchnerismo o con la izquierda kirchnerista, sea cual sea el significado de ese oxímoron político.

Piensan que un frente con ese sector contra el macrismo podría redundar en un crecimiento de tal izquierda. Por eso se plegaron al boicot del Frente para la Victoria frente a la Asamblea Parlamentaria de la asunción de Macri o se negaron a reclamar cara a cara los planteos de la clase trabajadora al nuevo Presidente —luego le enviarían, de manera vergonzante, el enlace de una carta abierta con ese contenido. Se trata de una intervención del oportunismo político más banal. Que, además, impulsa la resurrección del kirchnerismo en su etapa agónica. Todo lo contrario de lo que la izquierda debería realizar hoy, que es la corporización de su planteo de un modo independiente.

Han pasado pocos días y de manera vertiginosa ha empezado el ciclo de Mauricio Macri, en medio de una crisis económica que trasciende las fronteras y en el marco de una inestabilidad política que se transforma en una incógnita a la hora de resolverse. Estas primeras semanas delimitarán también a los actores del nuevo campo político.

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