OPINIÓN de Walter Schmidt – El Frente para la Victoria (FPV) que supo usar Néstor Kirchner para someter al Partido Justicialista (PJ) bajo su ala durante 13 años, logrando desarticular a esa fuerza, vaciarla de dinámica propia y sumirla en una crisis de identidad que hoy queda expuesta ante la sociedad, se juega en las próximas semanas su futuro.

O seguirá siendo un espacio que integre al peronismo y a la centroizquierda, como el que acompañó al matrimonio Kirchner en su década en el poder; o quedará relegado a un frente de centroizquierda con sectores peronistas. Dos opciones, en materia de poder, claramente distintas.

Kirchner utilizó aquel FPV que armó junto a Eduardo Duhalde para ganarle a Carlos Menem. Pero después lo utilizó contra el propio Duhalde, para romper su sociedad con el cacique de Lomas de Zamora y quedarse con el liderazgo del PJ. El santacruceño intentó, por todas las formas, “renovar” los viejos liderazgos dentro del partido, sobre todo el núcleo compuesto por los barones del conurbano, apelando a la “transversalidad”.

Así, quiso un sindicalismo encabezado por Víctor de Gennaro y no por peronistas y buscó incorporar a extrapartidarios, de centroizquierda, para quitarle peso al PJ e ir reemplazando algunas “cabezas”. Como no lo logró, se conformó con amalgamar peronistas con “progresistas”, concentrar el poder de decisión y relegar al partido.

A la luz de los hechos, ni Néstor Kirchner y mucho menos Cristina Fernández —la mariscal de la derrota en las elecciones presidenciales de 2015— consiguieron renovar el Partido Justicialista. Sólo lo frizaron y hoy empieza a descongelarse para seguir funcionando.

No será fácil, claro. Sin referentes que conduzcan, sino solamente con nombres con ambiciosas intenciones —Juan Manuel Urtubey, Daniel Scioli y el propio Sergio Massa—, el peronismo debe salir del ostracismo con una derrota a cuestas y con la herencia de falta de credibilidad, producto de arrastrar a Carlos Menem y Néstor Kirchner como dos últimos líderes contemporáneos. Dos hombres en las antípodas que levantando las mismas banderas del PJ construyeron políticas totalmente distintas.

Pero hoy el peronismo es una cosa y el kirchnerismo, otra; no ya en el terreno ideológico, sino en el estrictamente político y de poder. El kirchnerismo pasó de ser el núcleo líder a convertirse en una corriente más dentro del justicialismo, en el que conviven, por ahora, desorganizadamente: el kirchnerismo (dirigentes de La Campora), el peronismo disidente (los bloques de Sergio Massa, Diego Bossio, Darío Giustozzi y Adolfo Rodríguez Sáa) y el peronismo ortodoxo (los gobernadores Miguel Ángel Pichetto e intendentes, sobre todo del Conurbano bonaerense).

El kirchnerismo, con una Cristina Fernández que continúa ausente y sólo con Máximo Kirchner y los erráticos dirigentes de La Cámpora (como José Ottavis, que tras perder poder en el bloque del FPV bonaerense pendula entre su novia Vicky Xipolitakis, las denuncias por supuesta violencia de género y su férrea relación con Massa) a la cabeza, sabe que viene perdiendo poder día tras día. Primero sufrió el alejamiento de diputados que se fueron del bloque; luego intentó imponer en el Congreso del PJ que los legisladores rechazaran cualquier proyecto del Gobierno para arreglar con los fondos buitre y fue desarticulado por Pichetto.

Decididos a jugar a todo o nada, los k plantean que su límite serán los que acompañen el paquete legislativo del Gobierno de Mauricio Macri para sellar el acuerdo con los holdouts. El próximo sábado realizarán un plenario para decidir los pasos a seguir. ¿En verdad los kirchneristas creen que todavía pueden controlar a los diputados y, sobre todo, a los senadores del FPV? Aspiran, además, a diseñar con su impronta una lista única para la renovación de autoridades partidarias en mayo. Lo que no comprenden es que así como la sociedad se corrió a la centroderecha, el peronismo no es ajeno a esa nueva perspectiva.

Más allá de la resolución que emane de ese encuentro, la división es inevitable. El peronismo quedará dividido entre quienes darán quórum y en muchos casos acompañarán la ley del Poder Ejecutivo y los que la rechazarán de plano, incluso no dando quórum o bien realizando una puesta en escena el día que se trate en el recinto de la Cámara de Diputados.

Pero con la misma vara será medido lo que ocurra en el Senado, donde será más evidente la fractura, ya que la Cámara Alta es en su mayoría peronista, pero los legisladores responden casi directamente a los gobernadores que están jugando a favor del Gobierno a cambio de dinero y obras para sus distritos. Allí, más que en ningún otro lugar, quedará reflejado el relevamiento del kirchnerismo como factor de poder.

¿En pocos meses más seremos testigos de un nuevo partido político, más pequeño que el FPV, integrado por kirchneristas y seguidores de Nuevo Encuentro y de otras agrupaciones menores? Es muy probable.

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