Privación de las facultades de la otra persona, ejerciendo la fuerza por sobre sus deseos.

Resolví empezar este blog escribiendo acerca de un tema que está implícito, lamentablemente en la sociedad. Sólo de vez en cuando sale a la luz, haciéndose ver en su estado más puro, y es en ese momento cuando los noticieros ocupan la palabra, título de este artículo, como cúpula suprema de una entidad que flota etérea entre la humanidad.

Debo (y me debo) un repaso por mi propia experiencia: La situación más grave de violencia vivida. La contaré para quitarme el lastre de encima y para que mis lectores entiendan que, en principio, voy a procurarme escribir sobre cotidianidades que nos suceden a todos, opinando, mientras sea posible, desde el empirismo. 

Hace casi dos meses, fui ingresada al hospital de mi ciudad golpeada, violada y ultrajada por quien, en algún momento, fue mi jefe en el trabajo. Había abusado de mí durante poco más de un año. Amenazaba, en principio con manchar mi nombre (y sabemos que en pueblo chico eso no es nada difícil de lograr), luego, cuando dejó de surtir efecto, con dañar a mi familia. Cierto día, como de la nada, llegó el primer golpe, fue duro asumir que me estaba sucediendo lo que juré que no me iba a pasar: lo mismo que a mi madre. Sólo que en este caso era diferente, porque mi madre era atormentada por mi padre, pero yo estaba siendo martirizada por ¿mi jefe? De pronto nada tenía sentido, y quise salir, huir, pero ya era tarde. 

Las amenazas pasaron a ser cada vez más factibles. Él ya sabía con qué juguetes salía mi hermano a jugar a la vereda. Y yo me sobrepuse a eso. Él quería que jugara un rol que estaba matándome, y no le importaba; así lo hice. Comenzó a darme pastillas para que “estuviera tranquila y pudiera descansar”. Empecé a bajar de peso, mi pelo caía a mechones, me hice obsesiva de la limpieza y la comida. Los golpes no cesaban, el ultraje a mi cuerpo tampoco.

Mientras tanto, como si no bastara, insultos de toda clase llovían sobre mi balcón y algunos regaron malezas que crecían en mi alma. Sería hipócrita decir que en dos meses las arranqué de raíz, pero creo que las sobrellevo bastante bien, dado el tiempo que duró la tormenta. 

Culminó en un miércoles en que, habiendo decidido irme de él, le hablé con sinceridad. No le afectó en lo más mínimo mi franqueza. Después de insultarme para que “entre en razón” llegó el primer golpe que me hizo caer de la silla. Luego de eso, en el piso me pateaba mientras seguía gritándome. Yo seguía en mi postura, sólo temía por mi familia, pero ellos estaban conmigo. Ese día, y por teléfono, le había contado a mi madre la situación e iba a ayudarme. Se sacó el cinto, lo puso alrededor de mi cuello y me levantó con él, dejándome sin respirar. Me soltó, tirándome nuevamente al suelo, patadas y otra vez, el cinto en mi garganta doblemente apretado. Imagino que visto desde fuera, como una película, parecería casi un juego en sus manos. Seguía gritando, pero en algún punto había dejado de escuchar lo que decía. “Levantate” palabra que claramente había repetido hasta que, de un golpe, escuché. Lo hice, como pude, sólo para que me diera el golpe de gracia: una patada al pecho y mi cabeza (no tan dura como pensaba) pegó contra la mesa (la tomografía dijo que fue fractura de cráneo). No me desmayé porque… Realmente no lo sé. Ví todo nublado, estaba mareada y cedí. Le concedí las palabras que quería oir, y otra vez, la tortura. El ultraje de que tome mi cuerpo para mantener relaciones sexuales no consentidas por mí, pero ¿qué importaba lo que yo quería? hacía mucho tiempo que eso no venía a cuento. 

Vomité. Sí, después del acto no aguanté más. Ojalá hubiera podido, porque no quería irse. ¿Tendría miedo tal vez? Tenía cosas que hacer, así que se fue. Llamé a mi madre para decirle que todo estaba bien; y ahí terminó todo. Ella llamó a la policía y una ambulancia me sacó en camilla de mi casa. No podía abrir los ojos ni mantenerme en pie. Después de todo, mi cuerpo ultrajado merecía un descanso y así lo hizo saber. Ya no era dueña de mí, pero tampoco lo había sido durante todo el tiempo que él me tuvo cautiva. Al final, hospitalización, tratamiento y convivir con los demonios que dejó aquel infortunio. 

Entonces, retorno al título: violencia. Para mí violencia es privar al otro de sus facultades adrede, ejerciendo la fuerza por sobre sus deseos. Entiendo por fuerza coerción, toda forma de inducir al sujeto a contrariar su voluntad, no necesariamente física, sino en cualquiera de sus expresiones; con las secuelas que conlleva. 

Para la mayoría de los que tratamos de ser buenas personas (sea lo que fuere que eso significa), la violencia es mala palabra y la evitamos en cuanto nos es posible, lo que no quiere decir que no caigamos en sus redes ejerciéndola en momentos particularmente catárticos o sencillamente propicios. 

Sin embargo, existen personas que la suponen como único modo de vida y rige como una norma sus acciones. Yo por mi parte pretendo alejarme de ellos, aunque a veces el lobo se vista de cordero y resulte engañada. No siempre es fácil distinguirlos, pero a golpes una va aprendiendo, aunque eso será tema de otro artículo. 

Por ahora sólo me queda preguntar: ¿Ustedes qué opinan? 

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